“¡Ha habido una explosión de gas!” Se cumplen 40 años del atentado de Carrero Blanco

-¡Ha habido una explosión de gas!

Mariano Guindal en los años setenta con unas amigas.

Lo daba Radio Nacional. Eran poco más de las nueve de la mañana. “Ha sido en Claudio Coello”, añadió el locutor.

En la agencia Colpisa, fundada por Manu Leguineche, se preguntaban quién debía cubrir la noticia. Se fijaron en Mariano. Llevaba un año en la agencia. Un becario. Era una misión sencilla. Total, en Madrid siempre había explosiones de gas.

Mariano salió pitando.

En pocos minutos Mariano Guindal, 22 años, segundo de periodismo, llegó a las cercanías de Claudio Coello, en el barrio de Salamanca de Madrid

Los camiones de bomberos y las patrullas de la policía se agolpabanformando un parapeto infranqueable. Todavía salía humo del suelo. Los servicios de la Cruz Roja y los bomberos extraían heridos envueltos en polvo de la cabeza a los pies.

Algunos sangraban por la cabeza. Un grupo de militares escudriñaba los escombros y examinaba los daños en los coches.

En medio de la calle había un enorme agujero. Estaba lleno de agua y era del tamaño de un platillo volante. Casi se había tragado un seiscientos. Al lado había otros coches destrozados. Mariano pudo reconocer un dos caballos, un Simca, un Seiscientos, varios Renault…

-Soy periodista -dijo Mariano enseñando la única documentación que tenía-. De Colpisa.

El policía leyó el carné: ‘segundo de periodismo’.

-Anda chaval: lárgate.

Hacer pasar el carné de estudiante por acreditación profesional no había funcionado.

Mariano cambió de planes. Pensó que si rodeaba la manzana, podría avistar el agujero por el otro lado y calcular los daños. Necesitaba entrevistar a los heridos.

Subió por una calle paralela. Ahora lo divisaba mejor. Aplastados, lanzados a lo largo de la calle y cubiertos de polvo, los coches habían sufrido de lleno el impacto de la explosión.

Los edificios a ambos lados lucían medio reventados y de ellos se habían desprendido cascotes que inundaban toda la calle.

Seguían llegando coches patrulla, vehículos militares, la Guardia Civil, Cruz Roja… Mariano tenía que regresar a la agencia con un buen reportaje pero por ahora solo tenía una explosión de gas.

El reportero se acercó a un portal que estaba justo en la parte de atrás de la calle Claudio Coello. Parecía un colegio. Un sacerdote estaba cerca de la puerta y a lo mejor había visto algo.

Mariano Guindal, entonces, reportero de Colpisa.

– Padre, ¿me puede echar una mano?

El jesuita se llamaba Jiménez Bernal. Miró a Mariano.

-Dime, hijo.

-¿Sintió la explosión de gas? –preguntó el becario.

-¿Gas? –dijo el jesuita-. Ha sido una bomba

-¿Ha dicho bomba?

El sacerdote aclaró:

-Un atentado. Al presidente.

-¿A Franco? –preguntó Mariano.

-He dicho al presidente no al Jefe del Estado. Al presidente Carrero Blanco.

Mariano quedó paralizado, y el cura no tuvo más remedio que llevarse los dedos a la frente.

-El de las cejas grandes.

¡Claro!, recordó Mariano: aquel hombre regordete, con cejas que parecían brochas de afeitar. Una marea de palabras se agolpó en su cabeza. Bomba, explosión, muerte, Carrero Blanco, presidente de Gobierno…

-Padre, ¿y cómo sabe que le han asesinado?

-Sentí una vibración muy fuerte y salí al patio. Entonces, vi el Dodge: aplastado. El presidente aún permanecía dentro. Boqueaba. Le di la extremaunción. También al chófer y al acompañante. Los pobres…

El patio era un cuadrilátero de cinco pisos de altura a cielo abierto, y Mariano trataba de imaginar cómo había entrado ahí el Dodge. Era un coche grande. El coche va por la calle, alguien activa una bomba y…

-Al presidente ya se lo llevaron al hospital. Les costó mucho sacarlo. Tuvieron que usar sopletes –dijo el sacerdote.

El sacerdote le señaló la parte del tejado que el coche se había llevado por delante.

En ese momento, el becario salió corriendo. Le urgía llamar a la redacción. Empezó a buscar una cafetería, un bar, un mesón o lo que fuera. La exclusiva del siglo.

Había muchos bares por el barrio de Salamanca y entró en uno de ellos. Preguntó por el teléfono.

-Tendrás que comprar fichas –le dijo el camarero. –Y no vendemos fichas si no hay consumición.

El reportero tenía mucha sed de modo que se rascó el bolsillo y pidió una caña. Y un bocadillo de calamares.

Le dieron las fichas, pero antes de llamar, se tomó la caña de un trago. Pidió otra y se la tomó.

La llamada repicó varias veces. Mariano trataba de recordar todos los detalles.

Interior de ABC el 21 de diciembre de 1973. Atentado a Carrero Blanco.

-Colpisa.

-Soy Mariano.

Le pusieron con el redactor jefe, Fermín Cebolla.

-¿Qué pasa?

-No era una explosión de gas. Ha sido una bomba. Ha dejado un boquete enorme en la calle. ¿Y a qué no sabes a quién le han puesto la bomba? A Carrero Blanco. Han matado a Carrero Blanco. Ya sabes, el presidente de gobierno, el de las cejas.

-Pero tú estás chalado ¿o qué? ¿Una bomba? Radio Nacional dice que ha sido una explosión de gas.

-No, jefe. Me lo han contado con pelos y señales. Han puesto una bomba cuando pasaba el coche del presidente de Gobierno.

-Pues no dicen nada del coche de Carrero Blanco.

-Es que el coche ha volado por los aires. Literalmente por los aires. Ha subido decenas de metros y luego ha caído en el patio de un colegio. Cinco pisos.

-A ver, repíteme eso.

-El coche iba por la calle Claudio Coello. De repente, explota la bomba y el coche sube, sube y sube, y luego cae en un patio llevándose parte de una cornisa. Me lo ha dicho el cura del colegio. Le ha dado la extremaunción: Carrero aún vivía. No creo que ahora esté vivo. Estoy temblando todavía.

-Oye Mariano, una pregunta: ¿has bebido algo?

-Una caña, bueno, dos. ¿por qué? Estaba seco de la excitación.

-Mira chaval, cuelga el teléfono y vete al juicio de los sindicalistas en la Audiencia Nacional. Y deja de beber que eres muy joven.

-Pero si es verdad.

-En la Radio no han dicho nada de bomba ni de atentado a Carrero Blanco. ¿Crees que vamos a publicar una noticia así desafiando a Radio Nacional? ¿Sabes tú qué es Radio Nacional?

-En serio, el cura lo ha visto. El coche, el agujero… he hablado con él. Tengo fuentes.

-Y te has tomado unas cuantas cañas. Anda, vete al juicio de los sindicalistas de Comisiones.

Mariano enmudeció. Fue al juicio de los sindicalistas en la Audiencia Nacional, en la Plaza de las Salesas. Estaba cerca. Era el 20 de diciembre de 1973.

Mariano Guindal, en la actualidad.

Hacía mucho frío y los periodistas, cargados de cámaras y libretas, estaban a las afueras del tribunal. Cuando empezaron a llegar los sindicalistas de Comisiones Obreras, algunos asistentes les gritaron para animarles, otros para amedrentarles.

Entraron Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Paco el Cura… Los llamaban ‘los diez de Carabanchel’. Era el jucio 1001.

Les juzgaban por alterar el orden público, por rebelión, por agrupación ilegal, agitación… Marcelino Camacho se detuvo en la puerta y se dio la vuelta porque reconoció a alguien entre la multitud. Su abogado Jaime Sartorius le hacía señas raras: se pasaba el pulgar por el cuello y luego se señalaba las cejas.

El sindicalista se asustó. Pensó que ya habían dictado sentencia contra ellos: les iban a condenar a muerte.

Por la tarde, a las cinco, Radio Nacional emitió la noticia: el presidente de Gobierno había sido asesinado con una bomba colocada bajo el asfalto en la calle Claudio Coello. El coche salió volando con tal fuerza que venció una altura de cinco pisos y cayó en el patio de un colegio de jesuitas.

Las agencias de noticias recogieron la información y la radiaron a miles de medios en todo el planeta. A las once de la noche, desde Radio París, ETA reivindicó el atentado.

Al día siguiente, los periódicos más importantes del mundo daban la noticia en la portada. Todas las agencias y los corresponsales se enfrascaron en sus especulaciones: ¿Cambiaría la situación política? ¿Empeoraría? ¿Habría represiones? Era un golpe muy profundo al régimen. El delfín del jefe del Estado había sido asesinado.

Pudo ser una gran exclusiva. Una de las mayores de la historia deEspaña. Pero Mariano Guindal jamás escribió una sola línea.

[Este reportaje se basa en el testimonio del protagonista. Guindal (Madrid,1951) ha trabajado en la agencia Colpisa, en Lid, la revista Panorama, Diario 16 y sido redactor jefe de la sección de Economía de La Vanguardia. Ha escrito: El declive de los dioses y Los días que vivimos peligrosamente, ambos de Planeta. Colabora en El economista, y es asesor de FEDEA. Está considerado como uno de los periodistas económicos de mayor prestigio de este país]

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