La mayor helada de España cumple cincuenta años

Un 17 de diciembre de 1963, Calamocha (Teruel) registró 30 grados bajo cero, la temperatura más baja de las zonas habitadas de España, pero más allá de esta cifra la realidad es que en el “triángulo delimitado por Teruel, Calamocha y Molina de Aragón” es donde históricamente más baja el mercurio.

Cuando están a punto de cumplirse 50 años de estos menos 30 grados centígrados, el investigador Vicente Aupí recoge en un libro la historia climática de este “triángulo de hielo” entre Teruel y Guadalajara y explica por qué los termómetros alcanzan cada invierno cifras récord.

Con el título “Triángulo de hielo; Teruel, Molina de Aragón y Calamocha”, editado por Dobleuve Comunicación, el libro recopila datos desde 1885 cuando empezó a funcionar el Observatorio de Teruel hasta la actualidad.

Así, analiza esos episodios de frío extremo, aunque se da la paradoja de que en conjunto es un clima mucho más benigno porque “sus valores diurnos con relación a los nocturnos son más altos que los que se registran en otros lugares de la España fría”.

La razón, según Aupí, es que se trata de llanuras porque al contrario de lo que pueda pensar la mayoría de la gente, “las más bajas temperaturas se suelen dar en planicies en las que el aire frío es más denso y en determinadas situaciones de calma atmosférica el aire se va deslizando y se produce la famosa inversión térmica”.

Así, la situación que más se repite en esta zona es que después de una invasión de aire polar, se producen situaciones de calma sin viento y cielo despejado, y si el suelo está nevado se dan jornadas como recoge el libro, en las que se puede pasar de uno o dos grados como temperatura máxima a 28 bajo cero. “Eso se da con cierta frecuencia y recurrencia”, apunta Aupí.

Aunque el de hace 50 años fue el día más frío, no es el episodio meteorológico más importante vivido en esta zona.

Este investigador recuerda las Navidades de 1970 y 1971 en las que nevó en toda España a cotas muy bajas; y más recientemente en diciembre de 2001 cuando la nieve y el frío se concentraron especialmente en este triángulo.

“Con 13 años íbamos a lavar y recuerdo que en cuanto sacabas la ropa del río y la dejabas en la losa ya se había quedado tiesa”, explica a Efe Pilar Parrilla, una vecina de Calamocha, de 71 años que ha vivido toda su vida en uno de esos gélidos vértices.

Pilar, que rememora los inviernos en los que en su casa “había fuego día y noche” para calentarse, explica que el episodio más frío que recuerda es en 1956, un año en el que hubo “todo un mes de frío” y, en el que “la gente no podía salir al campo a hacer nada”.

En estas tierras combaten el frío “como en otros sitios, con dos pares de calcetines y más ropa”, pero recuerda también cómo su padre le calentaba las manos cuando escocían por el frío: “Ponía la mano en forma de piña y él me frotaba con las dos manos para darme calor”.

El libro recoge un capítulo especial dedicado a los colaboradores que durante años y sobre todo de manera desinteresada han contribuido a que se puedan tener esos registros de temperaturas. “Normalmente no eran profesionales de la meteorología pero tenían cierta formación como médicos, sacerdotes o maestros”, recuerda Aupí.

“A los franciscanos de Burbáguena o los religiosos de Monreal del Campo les tocaba salir a tomar la temperatura a 16 bajo cero que era la máxima después de noches de -25”.

A pesar de los avances tecnológicos, el hombre sigue siendo fundamental para la meteorología actual, añade este experto, sobre todo desde el punto de vista de la observación. No obstante en el campo predictivo es donde la tecnología ha avanzado mucho más, añade, porque cualquier persona puede acceder a imágenes por ejemplo del satélite.

“Que en Internet se pueda ver por qué uno dice que mañana va a llover, a través de las imágenes de satélite o radar, crea afición”, según el meteorólogo José Antonio Maldonado, que ha prologado el libro.

De la obra destaca la cantidad de información del clima que recoge “de manera clara”, y que es muy útil para los aficionados y los profesionales de la meteorología.

Apunta como curiosidad, tal y como recoge el libro, que se cuenta con datos desde hace mucho tiempo de Calamocha o Molina porque eran rutas de paso para los aviones, por lo que era muy importante llevar un registro de las temperaturas.

“Parece que nombremos Teruel solo por el frío pero contrasta con valores diurnos más suaves que en otras poblaciones frías”, así que, ha concluido Maldonado, “no hace tanto frío, y Teruel tiene muchos encantos para venir a verlo”.

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